Cochambre
Eduardo Meraz
El ahogo de la población por el cochambre ambiental y político en la primera quincena de febrero loco y marzo otro poco, es síntoma inequívoco de la mala calidad de las gasolinas y dirigentes que nos vende el régimen actual.
Y lo mismo ocurre en los ámbitos político y educativo, dónde cada día gana más terreno la politiquería.
Si lo duda, basta ver la narrativa y actitud ‘woke’ asumida por los principales funcionarios, legisladores y líderes de la cuarta transformación, cuya sensibilidad de papel cebolla los lleva a declarar cualquier cosa con tal de defender su posición.
Ahí tenemos el caso del depuesto director general de Materiales Educativos, que ha elevado la contaminación discursiva oficial, a niveles irresponsables, pues la cochambre ideológica emanada de su boca produce náuseas.
Así, cual si fuera la paráfrasis de un título de la excelente novela de Jorge Enrique Adoum, Entre Marx y una mujer desnuda, sirve aquí para ejemplificar nuestra realidad: los habitantes de la capital y sus alrededores nos debatimos entre Marx y una urbe contaminada, entre la ideología que se proclama como emancipadora y el aire que se proclama como irrespirable.
Así, como las partículas suspendidas se adhieren a las paredes de los bronquios, las palabras huecas de los políticos se adhieren a las paredes de la memoria colectiva, dejando una costra de cochambre ideológico que cuesta limpiar.
La primera quincena de febrero, con su locura de cielos grises y pulmones fatigados, nos recordó que la contaminación no es solo un fenómeno físico, sino también un fenómeno discursivo. Los funcionarios de la llamada cuarta transformación, con su narrativa “woke” declaran cualquier cosa, y en el proceso elevan la contaminación verbal a niveles tan irresponsables como los índices de ozono que nos obligan a suspender actividades al aire libre.
La contradicción es brutal: mientras se habla de justicia social, se permite que los combustibles de mala calidad sigan circulando; mientras se presume sensibilidad política, se ignora la sensibilidad más básica: la de los pulmones que se inflaman y los ojos que lagrimean.
El aire de los últimos días es un espejo de la irresponsabilidad política. La atmósfera, cargada de ozono, partículas y discursos, refleja la atmósfera contaminada que respiramos.
El ciudadano, atrapado en este doble ahogo, se pregunta qué pesa más: si la falta de oxígeno en sus pulmones o la falta de verdad en las palabras que escucha. Y la respuesta, aunque dolorosa, es que ambas pesan igual, porque ambas son formas de contaminación que limitan la vida.
La politiquería, esa forma degradada de la política, avanza cada día en los ámbitos educativo y social. Se disfraza de sensibilidad, se adorna con palabras modernas, pero en el fondo es tan vieja como el cochambre que se acumula en las cocinas olvidadas.
Es un residuo que nadie quiere limpiar, pero que todos respiran, y como el humo que se cuela por las rendijas, la politiquería se infiltra en las aulas, en los medios, en las conversaciones cotidianas, hasta que se convierte en parte del aire mismo.
El ciudadano, sin embargo, aunque asfixiado, cansado, hastiado aún conserva la capacidad de indignarse; la náusea que producen los discursos oficiales es también una señal de resistencia, el cuerpo rechaza lo que no puede digerir y la sociedad rechaza lo que no puede aceptar.
La contaminación ideológica, como la ambiental, genera: irritación, fatiga, desconfianza. Y esos síntomas, aunque dolorosos, son también señales de que la conciencia sigue viva.
La metáfora del cochambre es poderosa porque une lo físico con lo simbólico. El cochambre ambiental, producto de combustibles de mala calidad, se refleja en el cochambre político, producto de discursos de mala factura. Ambos ensucian, ambos asfixian, ambos requieren limpieza.
Pero mientras el cochambre ambiental puede combatirse con mejores tecnologías y combustibles más limpios, el cochambre político requiere algo más difícil: voluntad, ética, responsabilidad.
La Ciudad de México, con su cielo gris y su aire pesado, es hoy un escenario donde se representa la tragedia de un país que respira mal y piensa peor.
El ozono nos recuerda que la modernidad mal administrada es tóxica, y los discursos nos recuerdan que la política mal ejercida es venenosa.
Entre Marx y una urbe contaminada, los ciudadanos seguimos buscando un espacio donde respirar y pensar con libertad, pero ese espacio, cada vez más reducido, exige que dejemos de aceptar el cochambre como parte natural de la vida.
La columna vertebral de la sociedad, como la columna vertebral del cuerpo, no puede sostenerse indefinidamente bajo el peso del cochambre.
Es necesario limpiar, renovar, exigir; si no lo hacemos, el aire seguirá siendo irrespirable y las palabras seguirán siendo huecas. Y entonces, la náusea se convertirá en costumbre, y la asfixia en destino.
He dicho.
EFECTO DOMINÓ
La aerolínea Mexicana de Aviación ha extraído del erario 343.34 pesos por cada uno de los 732 mil 502 pasajeros que transportó en sus casi tres años de intento de vuelo, debido a la falta de planeación y lo que cuestiona su futuro, señaló el Instituto Nacional de Investigaciones Jurídico Aeronáuticas (INIJA).








