Vie de Cirque, cuando el circo se hereda como un oficio del alma

Por Angélica Armenta

Atizapán de Zaragoza.— El circo no comienza cuando se abre el telón. Comienza antes, cuando el público toma asiento y la memoria hace su trabajo: recordar. Vie de Cirque no se presenta como un espectáculo más en la cartelera; se ofrece como una experiencia que apela a los sentidos y a los vínculos más antiguos del espectador con la risa, el asombro y la nostalgia.

En el centro de la pista, dos figuras sostienen el hilo emocional de la función: Paquín Jr. y Ángelo. Padre e hijo. Payaso Cara Blanca y payaso Augusto. Ángel Valencia y Arturo Pérez no interpretan un vínculo, lo habitan. La complicidad que se despliega frente al público no responde a una coreografía ensayada, sino a una relación construida durante toda una vida dedicada al circo.

En conferencia de prensa, ambos artistas explicaron sin solemnidad, «el circo no se improvisa. Se aprende. Se hereda. Se trabaja todos los días».

Un circo que no copia, que recuerda

Vie de Cirque se presenta como una versión tradicional del circo, pero no como una réplica del pasado. Aquí no hay intención de copiar fórmulas ni estilos ajenos. La consigna, repetida por los propios artistas, es la autenticidad y originalidad. Cada acto responde a una trayectoria personal, a años de preparación y a una ética del trabajo donde “dar todo” no es una frase hecha, sino una exigencia cotidiana.

Los artistas que integran el espectáculo han trabajado en algunos de los circos más reconocidos a nivel mundial, compartiendo pista con compañías de origen chino, ruso y estadounidense. Hoy, ese aprendizaje converge en un proyecto que, apuesta por México, pues el 90% del elenco es talento artístico mexicano, acompañado por intérpretes venezolanos y colombianos.

Sobre la pista, más de 20 artistas dan forma a la función: malabaristas, acróbatas, contorsionistas y equilibristas que construyen un discurso sin palabras. Detrás, un equipo total de alrededor de 70 personas acompaña la gira, recordando que el circo es también una maquinaria humana que se mueve de ciudad en ciudad.

Reír, llorar, recordar

Hay espectáculos que buscan sorprender. Vie de Cirque busca algo más difícil: conmover. La función puede arrancar carcajadas y, minutos después, provocar una lágrima inesperada. No por exceso de drama, sino porque toca fibras que el espectador creía olvidadas.

La magia de Vie de Cirque —se dijo en la presentación— es que la experiencia deja recuerdos en el alma y reviven los que ya existen. No es una promesa publicitaria. Es una descripción precisa de lo que ocurre cuando el circo conecta con su público sin artificios.

En la carpa conviven niños, adultos y personas mayores. Para estos últimos, la compañía ofrece boletos especiales de 149 pesos, disponibles únicamente en taquilla, como un gesto que reconoce a una generación que creció con el circo como parte esencial del paisaje cultural.

El otro lado de la carpa

Detrás del espectáculo hay una realidad menos visible. Instalar una carpa implica mucho más que llegar y abrir funciones. Permisos, impuestos, logística, tiempos de traslado, adecuación del espacio. Un trabajo titánico que exige coordinación y resistencia, y que pocas veces se refleja en el aplauso final.

Los propios artistas explicaron que el circo enfrenta hoy circunstancias complejas. Pero sigue adelante. Porque, pese a todo, el oficio persiste.

Una experiencia que vale el tiempo

Vie de Cirque se presentarán en Atizapán de Zaragoza del 23 de enero al 22 de febrero, de miércoles a domingo. Las funciones estelares se realizan miércoles y jueves a las 20:00 horas, y viernes, sábado y domingo a las 16:30 y 20:00 horas.

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Más allá de fechas y horarios, el espectáculo deja la certeza de que hay experiencias que no se miden en minutos, sino en lo que permanece después. En recuerdos. En emociones. En esa sensación de haber visto algo auténtico.

Porque, como ocurre con el buen circo, Vie de Cirque no se explica del todo. Se vive.

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